De entre los innumerables negocios surgidos en los últimos tiempos, resalta uno lleno de mentiras, y es de los ambiciosos que se valen del avance tecnológico para estafar a los incautos con novedades que, finalmente no resuelven el hambre, sino amenazan la salud humana y degradan el suelo cultivable.
Todavía más grave y perverso es que estos que lucran con supuestos milagros tecnológicos, no sólo engañan al consumidor, sino causan daños irreversibles a la naturaleza y atentan contra el futuro de la humanidad.
Los ya reconocidos transgénicos (genéticamente modificados), aparecen en esta área de mentiras; cuyas semillas se venden por la empresa trasnacional Monsanto, atrapando al agricultor con el cuento que con ellas aumentará la producción porque las plantas mismas generan autodefensas al ataque de plagas e insectos dañinos.
En Estados Unidos y Canadá se han multiplicado el uso de estas semillas desde los últimos veinte años.
Y en Europa se han resistido a su uso, como es el caso de México hasta ahora, gracias a que ha habido jueces federales que han amparado a grupos ciudadanos que defienden la naturaleza y la inalterabilidad de sus leyes, así como la oriundez del maíz vinculado a nuestras culturas originales y a su sentido cosmogónico.
Desde luego en el país no faltan quienes están usando las semillas transgénicas clandestinamente a sabiendas de las repercusiones que ello tiene al romper la cadena biológica de los insectos y su función necesaria en el equilibrio ecológico.
Al cabo de dos décadas el balance es contundente. En Europa sin transgénicos ha aumentado el rendimiento de la producción agrícola sin afectar al medio ambiente como también en México ha ocurrido con semillas mejoradas por medios naturales.
En Estados Unidos con transgénicos se han estancado los rendimientos con el agravante de que han sufrido la mayor invasión de hierbas en las siembras con riego, al grado que ha crecido la necesidad de usar más y más herbicidas para acabar con la creciente maleza competitiva con el cereal.
Las empresas que vendían productos tóxicos que matan insectos y hongos han reducido en Estados Unidos su volumen de ventas, pero lo han aumentado proporcionalmente en el consumo de herbicidas. Lo peor es que en la suma, las industrias que venden las semillas modificadas y los herbicidas, el negocio les ha resulta más rentable sin reparar en las consecuencias a largo plazo.
La propaganda que se hace de que el uso de los transgénicos acabará con el hambre en el planeta ha resultado un mito.
Francia, sin la semilla artificial, ha superado a los Estados Unidos en el rendimiento en la producción de maíz y frijol de soya, sin uso de pesticidas que incluye insecticidas y herbicidas.
Así de claro es el resultado que descalifica a los apologistas de la Transgenización. Es imposible que los negocios de esta magnitud de Monsanto, Bayer y otros productores, ceda ante la evidencia.
Ellos saben que sobrarán quienes caigan en sus redes, la rentabilidad es de tal magnitud que da para comprar publicidad e incluso a no pocos políticos como en México que recientemente, en la discusión en curso de la nueva Constitución de la Ciudad de México se exhibió Gabriel Quadri de la Torre, del partido de Elba Esther Gordillo (Panal), defendiendo la posibilidad de que en más del 50 por ciento del territorio de la Ciudad, que todavía es rural, se permitiese el uso de la semilla modificada en los tradicionales cultivos de maíz e incluso verduras.