No se trata de negar los problemas, sino de reconocer que demasiadas decisiones se toman desde una visión incompleta del país.
A lo largo de los años he tenido la oportunidad de estar cercano o presente en las juntas de evaluación de distintos gremios y empresas. Generalmente son los lunes. En ellas abordan pendientes del negocio y repasan la supuesta situación económica, política y social del país.
Con tristeza puedo asegurar que la mayoría de esas juntas prevalece el ambiente negativo. En esas juntas, los presuntos analistas políticos destacan las malas noticias y las buenas noticias las minimizan o las esconden.
Lo he visto con todos los colores políticos, sin embargo, con el actual régimen de la 4T se han desatado. No han contraste. No hay equilibrio. No hay matices. Nadie da otra versión de las otras realidades.
No se trata de negar los problemas, sino de reconocer que demasiadas decisiones se toman desde una visión incompleta del país.
Y ese pesimismo explica por qué tantas empresas siguen sin entender a sus consumidores. Mientras algunos ejecutivos insisten en describir un México derrotado, millones de personas salen a trabajar, emprender, divertirse y construir conversaciones propias. El Mundial de Futbol fue la prueba más reciente. Durante varias semanas, el país encontró un lenguaje común que ninguna campaña publicitaria logró fabricar. Fuimos México Chingón.
Ahí apareció el Pato Merlín. No fue producto de un comité creativo ni de un estudio de mercado. La propuesta institucional era un ajolote, pero la gente adoptó un pato porque representaba al mexicano que madruga, enfrenta el tráfico, trabaja, ríe y todavía encuentra tiempo para disfrutar un partido. Georgie de Barba, presidente de Don by Havas, lo resume diciendo que hoy vale más sentirse identificado que admirar una marca.
Es que muchas empresas siguen obsesionadas con el prestigio cuando el consumidor busca pertenencia. Como explica Martín Malievac, director de Investigación y Desarrollo de Napse, las personas también eligen con quién quieren vincularse. Ya no basta vender un producto o repartir puntos de fidelidad. La cercanía, la empatía y las experiencias pesan cada vez más que cualquier programa de recompensas.
El retorno emocional comienza a convertirse en una medida de valor. Las marcas que conecten mejor con la memoria y la identidad del consumidor serán las que generen relaciones más duraderas y fidelidad. La conversación dejó de pertenecer a las empresas y ahora la construyen las comunidades.
Ahora las empresas necesitan mirar más allá de sus presentaciones y escuchar lo que ocurre en las calles. El Mundial recordó que los mexicanos todavía sabemos celebrar juntos, crear símbolos propios y reconocer lo que nos une.
Sigamos pues promoviendo a los mexicanos chidos porque ese México merece ser contado con la misma fuerza con la que solemos contar sus tropiezos. Tal vez ahí, precisamente ahí, comience el negocio más rentable de todos: volver a creer en nosotros mismos.