Ayer, el INEGI publicó su Encuesta Mensual de Opinión Empresarial y, por lo visto, el ánimo de los empresarios mexicanos sigue más deprimido que millennial revisando su cuenta bancaria después del Buen Fin.
El Indicador Global de Opinión Empresarial de Confianza (IGOEC) se ubicó en 48.2 puntos durante octubre, acumulando 20 meses consecutivos por debajo del umbral de los 50 puntos, frontera que separa el optimismo del pesimismo.
Ninguno de los cuatro sectores analizados (manufacturas, construcción, comercio y servicios) consiguió cruzar al territorio positivo. Si nos atenemos exclusivamente al humor empresarial, México está a dos pasos del apocalipsis económico.
Pero ¿alguna vez los empresarios mexicanos han estado contentos? Pues sí, aunque usted no lo creas. Entre 2021 y los primeros meses de 2024, la recuperación pospandemia y el dinamismo comercial mantuvieron al indicador en terreno favorable durante más de dos años.
Sin embargo, hay un detalle que suele perderse entre tanto drama. Una cosa es la confianza empresarial y otra la operación de los negocios. Mientras los empresarios declaran que todo está horrible, muchas compañías siguen produciendo, exportando, vendiendo y encontrando oportunidades.
Es como ese brother que lleva cinco años diciendo que está quebrado, pero cada diciembre estrena camioneta. Entonces, ¿el pesimismo empresarial responde a riesgos reales o también funciona como pretexto para no invertir?
Reconozco que existen preocupaciones legítimas. Las tasas de interés, la inflación, los cambios regulatorios y la resbalosa «incertidumbre jurídica» afectan las decisiones de inversión.
Pero sigo convencido de que una parte del pesimismo empresarial mexicano tiene más de percepción que de realidad económica.
Las encuestas también capturan conservadurismo, precaución y posicionamiento político. Una declaración mañanera descontextualizada, una reforma polémica o un titular alarmista tipo fake news pueden deteriorar las expectativas sin que sus consecuencias económicas se hayan materializado.
Y tampoco descartemos que la desconfianza funcione como herramienta de presión frente al gobierno. Decir que todo está terrible puede resultar útil cuando se buscan incentivos fiscales o mejores condiciones regulatorias.
El problema aparece cuando esa cautela se vuelve permanente y termina congelando inversiones. Entonces surge un círculo vicioso. No invierto porque no confío y, como nadie invierte, la economía pierde dinamismo y confirma mi desconfianza.
México tiene problemas económicos reales, pero también empresarios que parecen confundir la prudencia financiera con el pesimismo profesional. Quizá la economía necesita recuperar la confianza empresarial, pero algunos directivos también deberían dejar de utilizar la desconfianza como zona de confort y el miedo como modelo de negocios.