Lerma, Estado de México. – Durante semanas, la dirigencia de Coremex desplegó una intensa campaña de comunicación. Videos, mensajes en redes sociales, declaraciones a medios y reuniones con grupos selectos intentaron construir la imagen de un sindicato fuerte, unido y en crecimiento. Pero el domingo de la votación, los trabajadores de Lerma dijeron basta. Y lo dijeron con una claridad que ningún comunicado podrá desmentir.
La derrota de la organización que encabeza Miguel Meneses no fue un acontecimiento sorpresivo para quienes siguen de cerca la vida gremial de la zona. Durante los últimos meses, las críticas hacia el liderazgo de Coremex se fueron acumulando como capas de un malestar que nadie supo o quiso canalizar a tiempo. Las acusaciones —muchas de ellas anónimas, otras firmadas por trabajadores y ex trabajadores— señalaban un patrón recurrente: decisiones unilaterales, falta de información a las bases, y una preocupante cercanía entre los dirigentes y ciertos intereses empresariales.
El resultado de Lerma es, ante todo, un juicio político a ese estilo de gestión. Los trabajadores demostraron que no son recipientes pasivos de propaganda, sino sujetos con criterio, memoria y capacidad de organización. Recordaron promesas incumplidas, denuncias archivadas y gestiones que nunca llegaron a mejorar sus condiciones reales. Y cuando llegó el momento de decidir, optaron por rechazar a quienes consideran responsables de ese vacío.
Es importante subrayar lo que este rechazo significa en términos concretos. Coremex no perdió por un margen reducido ni por una diferencia atribuible a factores externos. Perdió porque una mayoría clara de los trabajadores consideró que no era una opción viable. Esa palabra —»viable»— es clave. No se trató de un desacuerdo ideológico menor ni de una preferencia episódica. Se trató de la constatación colectiva de que Coremex, tal como está conducido hoy, no sirve a los intereses de quienes debería representar.
Detrás de esa conclusión están los nombres de siempre. Miguel Meneses y sus personas de confianza concentran las críticas más duras, no solo por lo que hicieron, sino por lo que dejaron de hacer: escuchar, rendir cuentas, corregir el rumbo. En lugar de eso, optaron por blindarse, descalificar a los críticos y refugiarse en un discurso que con el tiempo se volvió hueco.
La historia, dicen, pesa. Y en el caso de Coremex, pesa como un lastre. Los trabajadores de Lerma no votaron solo contra un sindicato; votaron a favor de su propia dignidad como sujetos colectivos capaces de decir «no» a quienes los han representado mal.